Vicente Cuervo. 40 años sin justicia

20 Feb 2020

El País/Miguel Ezquiaga Fernández

Militante de CNT y representante sindical en Telefunken, fue asesinadoel 10 de febrero de 1980 por un ultraderechista que no fue identificado. Junto con otros vecinos de Vallecas boicoteaba el mitín de Fuerza Nueva en el Cine París del barrio. Comenzaron a disparar los fascistas y Vicente cae herido por un tiro realizado a poca distincia.

Atisbos de luz en el asesinato de Vicente Cuervo

Se cumplen 40 años de uno de los atentados ultraderechistas más desconocidos de la Transición, ocurrido durante un mitin ilegal de Fuerza Nueva en Vallecas

 
 

 

Vicente Cuervo fotografiado en Vallecas en 1979

Vicente Cuervo fotografiado en Vallecas en 1979

Blas Piñar entonaba un enérgico Cara al Sol. El fundador de Fuerza Nueva era diputado en la primera legislatura de la Democracia y convocaba un mitin que el Gobierno Civil había prohibido tras el reciente asesinato de Yolanda González, disparada a bocajarro por un escuadrón ultra que la tenía por etarra, pero en realidad era militante del Partido Socialista de los Trabajadores, un pequeño grupo trotskista aún ilegal. La policía evitó que el centenar de asistentes entrara al Cine París, donde estaba previsto un discurso del líder. El hecho tensionó las calles y aquella mañana de domingo, 10 de febrero de 1980, la muerte visitó Vallecas.

Las arengas y los cánticos sucedieron finalmente en la plazoleta del cine, preñada de brazos levantados, gafas de aviador y guantes de cuero. En frente, otro grupo de vecinos reaccionaba a la contra. Entre ellos estaban Vicente Cuervo y su novia Paz León, junto a tres más de la pandilla. Las tiranteces se agravaron en el momento en que desaparecieron los miembros más mediáticos del bando azul. El cordón policial que separaba a unos de otros se quebró a empujones. Durante el cuerpo a cuerpo volaron cuchillos y cadenas. Cuando sonaron varios tiros al aire los cinco amigos corrieron en distintas direcciones: Paz y otro colega herido fueron a refugiarse a la calle de Carlos Martín Álvarez, parapetados tras un vehículo aparcado que terminó como un colador. Les auxilió un Seat 1.500 color gris que circulaba por la calzada. Pero Vicente no tuvo la misma suerte.

Lo encontraron tendido en la acera frente al bar Dones, en el número 11 de esa misma vía: “Le subimos al coche y aún respiraba”, cuenta Paz, hoy una sexagenaria de cabello plateado. Ha pasado casi media vida, pero esta es la primera vez que relata lo ocurrido fuera de su círculo más íntimo. Tuvo que mudarse a Galicia para superarlo. Con su testimonio quiere hacer jirones el telón del olvido. Iluminar unos hechos muy desconocidos, que ya entonces se contaron mediante versiones contradictorias. Ella no vio el momento exacto del tiro que entró por el tórax de Vicente y salió a través de su lumbar. Tampoco conoce a nadie que estuviera allí mismo. Lo que sí puede esclarecer es el contexto: los antecedentes y las consecuencias de todo aquello. Porque sostuvo a su novio mientras este agonizaba.

El único medio que publicó entonces un relato presencial fue EL PAÍS. Una fuente anónima aseguraba que antes del disparo Vicente le asestó varias puñaladas a un ultraderechista. “Es imposible, nosotros no íbamos armados”, sostiene Paz. El testigo también decía que la Policía Municipal retiró de la calle el cuerpo tiroteado, por lo que ella le resta veracidad a su testimonio. Coincide, sin embargo, en que alguien disparó al joven a muy poca distancia. Tal vez apoyó el arma contra su pecho. No se trataba de una bala perdida, sino de un tiro certero que le atravesó de arriba a abajo. Tras recogerlo de la acera, llevaron a Vicente al centro quirúrgico de Vallecas, cerca de la Avenida de la Albufera. Desde allí los servicios médicos lo trasladaron al hospital, donde fue intervenido y perdió la vida poco después. Paz conservó durante años el plumífero azul ensangrentado de su novio, que tenía solo 21 primaveras.

Pasaporte de Vicente Cuervo, emitido el 18 de marzo de 1977

Pasaporte de Vicente Cuervo, emitido el 18 de marzo de 1977

 

La ultraderecha hizo correr el bulo de que los vallecanos confundieron a Vicente de bando y le tirotearon desde una altura. Antonio Assiego, dirigente de Fuerza Nacional del Trabajo, un sindicato vinculado al partido de Blas Piñar, declaró lo siguiente a la Agencia Efe: “Pudimos ver cómo se nos disparó con armas de fuego desde ventanas o balcones (…) Debieron confundirle con uno de nosotros, porque iba relativamente bien vestido”. Assiego aparece en las escuchas del sumario del golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, pues estuvo en contacto con la familia del teniente coronel Antonio Tejero mientras este se encontraba en el interior del Congreso. Un año después, el sindicalista fue detenido por tenencia ilícita de pistolas, metralletas y granadas de mano.

Militancia ácrata

Paz se pregunta cómo iban a conseguir armas de fuego los vecinos del barrio. Los ultras de aquel tiempo sí tenían acceso a ellas por su cercanía con los sectores más reaccionarios del ejército y la policía, como se demostró en el caso de Yolanda González. Además, la semblanza que ella hace de su pareja no se corresponde con la de alguien acicalado: “Gastaba vaqueros acampanados, llevaba barba y el cabello greñudo”, anota. También botines y camisas de cuello Mao: una apariencia de rockero de los setenta. En el chaleco o la solapa de la cazadora solía prender una chapa: la A circulada blanca sobre un fondo negro, el símbolo ácrata.

Vicente, nacido en Vallecas, estuvo afiliado a la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), una organización anarcosindicalista basada en los principios de la democracia directa. Pertenecía al ramo del metal y era el enlace en Telefunken, la firma alemana pionera en el desarrollo de ingeniería electrónica cuyo televisor tecnicolor iluminó las salas de estar españolas. Representaba al sindicato en la fábrica de la calle Antonio López, donde se diseñaban y articulaban modernos transistores o teléfonos. El Estatuto de los Trabajadores estaba todavía tramitándose y los libertarios no participaban en el comité de empresa, al que consideraban una “estructura corporativista”. Se organizaban en asambleas obreras, imprimían propaganda y convocaban paros y huelgas.

Esta adscripción política no trascendió después del asesinato. Ningún partido de izquierda reclamó a Vicente: “Claro, él era anarquista”, recuerda Manuel Cuervo, su hermano de 59 años. Aquella militancia se omitió en las crónicas de la época y la familia no quiso clarificarlo. Lloraron la pérdida del primogénito en silencio. El miedo estrechó las paredes del hogar. Su padre, un escaparatista autodidacta, prefirió callar y evitar que se intensificaran las llamadas amenazantes. El gobernador civil Juan José Rosón le sugirió que no se significara, rememora Manuel: “Quería evitar un entierro masivo como el de Yolanda, celebrado una semana antes. Se ofreció a financiar el sepelio si tenía lugar en la más absoluta intimidad. Se hizo de tapadillo, al día siguiente. Ni mi madre ni los más allegados pudimos asistir”. Su padre y su tío rezaron a solas con el sepulturero.

Especial de Ajoblanco sobre fanzines madrileños en el que participó Vicente Cuervo

Especial de Ajoblanco sobre fanzines madrileños en el que participó Vicente Cuervo

 

Manuel estaba de permiso en el servicio militar cuando asesinaron a su hermano. Le comunicaron lo ocurrido cuando fue a Vallecas a visitar a la familia aquel mismo día. Hoy este funcionario, enfundado en un traje pardo al salir de la oficina, señala el lugar que obró un cambio definitivo en Vicente: “Se politizó en la Escuela Técnica de Ingeniería de Embajadores”. Allí cursó durante un lustro la maestría industrial de electrónica. Conoció un discurso acorde a su ánimo indómito. La CNT se legalizó en 1977 y atrajo a muchos jóvenes desencantados con la política tradicional. En un año dobló la afiliación, que el informe de gestión presentado por la Secretaría de Organización cuantificó en 200.000 en todo el país. El sindicato se convirtió en algo más que un refugio para nostálgicos. Bajo sus siglas Vicente desataba una energía creativa.

Prólogo de La Movida

El joven compaginaba la actividad política con una inquietud profesional y cultural. En su casa de la calle Calatrava, a donde se mudó junto a Paz, experimentaba con cachivaches electrónicos. Fabricó una pieza que pitaba cuando la bañera iba a rebosar. Y las luces del dormitorio se encendían mediante dos palmadas. Los cables, baterías, placas y chips no le impidieron cultivar la literatura. Puso voz a una generación con ideas, pero sin medios de expresión. Escribía en Ajoblanco, la revista agitadora del momento. También se prodigó en las páginas de Hermano Lobo, un semanario que llevó la sátira cáustica a los quioscos. Allí publicaban sus viñetas El Roto y Forges; Manuel Vicent firmaba una columna fija, y Rosa Montero dio a conocerse como entrevistadora. Todos ellos pasaron después por EL PAIS.

Los textos de Vicente no eran ensayísticos, sino relatos cortos de ficción. La fantasía permite imaginarse a uno mismo y a otros de manera diferente. Sus ilustraciones a plumilla se regían por la misma máxima y evocaban sueños o utopías. Pasó muchas horas frente a la mesa de dibujo de un ático de la calle Augusto Figueroa, base de operaciones de los Laboratorios Colectivos Chueca: La Cochu. El local fue la antesala de La Movida Madrileña. Sirvió de paraguas para un montón de proyectos contraculturales entre 1977 y 1980. Desde allí se producían numerosos fanzines que después recalaban en El Rastro. Impulsaron a grupos musicales como Tequila, Burning o Kaka de Luxe y fueron pioneros en el diseño de cartelería y portadas de discos.

De toda esa eclosión se acuerda Andres Krakenberger, de 62 años. El expresidente de Amnistía Internacional de España ahora reside en el País Vasco, pero compartió con Vicente aquella estancia destartalada en la que sucedía de todo: “Era un currante. Hizo cientos de carteles para conciertos. Tenía un estilo un tanto tembloroso y apenas utilizaba tramas como todos los demás. Prefería trabajarse las sombras, en plan artesanal, con pequeños puntos de rotring”. Aquello fue una suerte de comuna conformada por dibujantes, poetas, críticos de arte, músicos y locos por la tinta. Una sacudida hizo temblar la oficina cuando el telediario informó del asesinato: “He sentido el aliento de la muerte en el cogote dos veces. La primera, el día que crucé la calle de Claudio Coello solo media hora antes de que explotara el coche bomba de Carrero Blanco. La segunda, cuando me enteré de que habían matado a Vicente a tiros”.

Una sospecha

Nunca hubo imputados por el asesinato de Vicente. Tras la manifestación de Fuerza Nueva en Vallecas se efectuaron diez detenciones, incautando cuchillos de doble filo, cadenas y dos pistolas, según informó Diario16. Sin embargo, ninguna de las armas de fuego encontradas se relacionó con el disparo de la calle Carlos Martín Álvarez. El Gobierno Civil anunció en los meses posteriores estar tras las pistas definitivas del autor, pero sus huellas se perdieron en el curso de la historia. Juan Carlos Cuervo, el hermano menor, de 53 años, intuye que la refriega pudo esconder un atentado premeditado: “A Vicente lo estaban buscando. Era alguien que no pasaba inadvertido. Hablaba mucho y daba siempre su opinión”.

La misma escuela de electrónica que inoculó en Vicente la inquietud política pudo ser su perdición. Por allí circulaban los acólitos de Emilio Hellín, condenado a 43 años de prisión en 1982 por asesinar a Yolanda González. Era ingeniero y dirigía una academia del sector. Durante el registro, la policía halló en su despacho un revolver Walther y otro Star, un subfusil Comando, un bolígrafo pistola y abundante munición. Hellín compadreaba con personal y alumnos de la escuela de Embajadores. De igual modo que era amigo de Rodrigo Lial, director del Centro Nacional de Formación Profesional donde Yolanda cursaba sus estudios. Lial pudo facilitar información sobre la estudiante vasca al batallón que le dio muerte. Quizá otros ojos vigilaron los movimientos de Vicente con el mismo fin. Agazapados detrás de una insignia con el yugo y las flechas; esperando el momento adecuado para asestar un golpe mortal