El espléndido veranillo de la anarquía

10 Feb 2020

El Salto/Pablo Elorduy

Se ha estrenado El Entusiasmo, un documental que relata cómo la CNT resurgió en los últimos años del franquismo y las ideas libertarias fueron inundando las calles

 

https://www.elsaltodiario.com/transicion/documental-entusiasmo-luis-herrero-veranillo-de-la-anarquia

La película documental El entusiasmo, que se estrena en Barcelona y Madrid, relata el auge de CNT y las ideas libertarias en los estertores del Franquismo y el comienzo de la Transición política. Su director, Luis E. Herrero, huye de una visión ceniza de un tiempo marcado por la liberación después de más de tres décadas de encierro.

 
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Disidencias de género, movimientos de gays, lesbianas y personas trans. El entusiasmo también era la visibilización de otras formas de amar y expresarse.Foto: Xefo Guasch
 
 

Recorrió las calles de Barcelona en las Jornadas Libertarias Internacionales. Pasó por el Baix Llobregat, recorriendo como una brisa las callejuelas del Poblado Roca, fue visto en Vitoria en el barrio de Zaramaga en los días de marzo del 76, y llegó también a la Plaza de Toros de San Sebastián de los Reyes. El segundo verano de la anarquía se encarnó en colectividades y figuras anónimas, se desparramó en un movimiento autónomo y anticapitalista que emergía en los años 70 a través de lecturas dispersas, músicas modernas y luchas por la ruptura de la sociedad-fábrica, y vio resurgir a la Confederación Nacional del Trabajo, el sindicato que protagonizó la lucha obrera desde los años 20 e hizo posible la corta revolución de 1936.

Luis E. Herrero ha dirigido El entusiasmo (Hanoi films, 2019), un documental que recoge algunos fogonazos del segundo verano de la anarquía, el que recorrió España en los estertores del régimen franquista y situó a CNT como paraguas de las ideas libertarias que estaban cuajando en España tras varias décadas de silenciamiento por la vía de la tortura. Herrero presenta la película hoy domingo 9 de febrero en Cinema Maldà de Barcelona y el próximo 13 de febrero en la Sala Mirador de Madrid. Si la anarquía significa el rechazo o la negación de toda autoridad, El Entusiasmo presenta esa idea en su versión más luminosa, muestra todos los síes dentro de ese sonoro “no” ante lo que se estaba configurando ya como el arreglo de salida del Franquismo que ha determinado el rumbo de España desde entonces.

 

De casa al trabajo y del trabajo a casa, o no

Antes todo esto era pleno empleo. En 1972, año ecuador del periodo que definirá las victorias y derrotas del movimiento obrero en la fase mortuoria del Franquismo —1969-1976—, el paro se sitúa en el 1,5% de la población activa. La fábrica se ha convertido en un espacio de luchas, pero los intentos del régimen de aislarla políticamente han fracasado. El “sistema” se afana en un plan de supervivencia que pasa, según escribió Santiago López Petit en el libro colectivo Luchas autónomas en los años setenta (Espai en Blanc, Traficantes de Sueños, 2008), por un programa de “aislamiento político de la fábrica, inflación y reforma política [que] serán los pilares esenciales de la ofensiva capitalista”.

 

Luis E. Herrero explica a El Salto que en un contexto de retorno de las ideas libertarias, los grupos de Solidaridad al Servicio del Movimiento Obrero, “presentes en Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla, etc”, impulsaron las asambleas de reconstrucción de de la CNT, “reuniendo en torno a ellas a gentes provenientes de la autonomía obrera, viejos militantes, estudiantes, jóvenes libertarios”, pero —reconoce Herrero— “la masiva irrupción de la juventud en aquellos años radica más en el vínculo entre contracultura y acracia que en los propios postulados sindicalistas”.

 

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CNT experimentó una subida vertiginosa de su militancia. Foto: Julián Martín

 

 

 

Pese a contar con menos fuerza en el movimiento sindical, el periodo que transcurre entre la huelga de Roca y la de las gasolineras de Barcelona de 1977 coincide con la eclosión de CNT, sindicato que reproduce las condiciones para la resolución autónoma de los conflictos y no capitaliza las luchas, dos características que en ese corto periodo lo diferencian de las Comisiones Obreras, el sindicato hegemónico en la mayoría del territorio, vinculado al plan posibilista del PCE de Santiago Carrillo. 

Los acuerdos económicos y políticos firmados en Moncloa en octubre de 1977 por las principales fuerzas políticas sellaron, no solo la experiencia de luchas como la huelga de 96 días de la fábrica de Roca, sino también la principal medida del éxito de la ofensiva final contra el salario, que había funcionado como termómetro de la lucha de clases desde la llegada tardía de España al capitalismo desarrollado. Pese a los intermitentes decretos de congelación salarial, los años previos a los Pactos de la Moncloa se habían cerrado con subidas del sueldo medio por encima del 20%. El coste de la vida, la inflación inducida por el régimen, galopaba en paralelo a las alzas salariales, en un movimiento defensivo del capital que terminaría, como en 2008, por medio de la transferencia de los costes de la crisis —en este caso, la del petróleo, dentro del comienzo de la larga crisis de productividad y tasas de beneficio que arrastra el capitalismo desde los años 70— a las clases populares por medio de la austeridad y el paro.

Para Herrero, el movimiento libertario agrupó a dos generaciones, jóvenes y abuelos, “mientras que la generación intermedia estaba fundamentalmente ligada a las Comisiones Obreras y a los partidos de izquierda y extrema izquierda”. Las imágenes de El Entusiasmo del mitin que tuvo lugar en San Sebastián de los Reyes en marzo de 1977, el primero de gran afluencia tras la Guerra Civil, muestran ese sustrato dispar en el que se movió la CNT formado por “gente joven y soñadora y sin experiencia sindical y gente mayor con biografías marcadas por la cárcel, el exilio y la derrota”.

 

El perfecto despiporre

El entusiasmo es también el momento de las luchas vecinales “del barro al barrio”, de distintos estallidos juveniles a través de la música en Sevilla, Barcelona, en las 3.000 viviendas, el Pozo del Tío Raimundo o Caño Roto, también del nacimiento del Movimiento de Objeción de Conciencia —Pepe Beunza es sometido a Consejo de Guerra en Valencia en el año 71—, la eclosión del feminismo y el ecologismo, del movimiento anticarcelario y la antipsiquiatría, el cómic underground y los modos de vida alternativos; “comunas” en pisos de barrios como Usera (Madrid) con cajas de resistencia colectivizadas o socializadas o los primeros embriones de la creación de comunidades rurales, son parte de un mosaico que nunca se ve en su totalidad pero que aglutina a decenas de miles de personas en unas Jornadas Libertarias Internacionales que también aparecen reflejadas en las imágenes de El Entusiasmo.

 

 

 

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El teatro experimental y las expresiones de vanguardia son recogidas por el documental de Herrero con imágenes hasta ahora inéditas.Foto: Xefo Guasch

 

 

“La organización y disciplina comunistas dejaban poco margen para las aventuras, pero a partir de los años 70 los inputs de la juventud española comienzan a ser otros. El rock, la actitud rebelde, la experimentación, las nuevas luchas emancipatorias que surgen al calor de los 68 penetran en los jóvenes con facilidad”, indica el director de El entusiasmo. Revistas como Bicicleta, Star y Ajoblanco, que lleva a lanzar cien mil ejemplares en kioscos, funcionan también como punto de encuentro para personas que viven aisladas en pueblos o ciudades pequeñas, que a través de sus tablones de anuncios rompen el hielo de las relaciones humanas bajo el Franquismo. 

 

Fuerzas de la naturaleza como La Ocaña (1943-1983) o el dibujante y artista Nazario abren un frente de lucha en los derechos de la población LGTB, que en el nivel colectivo se organizó en la Agrupación Homosexual para la Igualdad Sexual (AGHOIS) de Barcelona, Mercurio o los frentes de liberación de Catalunya, Castilla o las Islas Baleares.

 

 

También se produce un auge del cine militante o alternativo, según se definió en la época. Como explica Herrero reivindicar y retomar el trabajo de colectivos de cineastas ha sido una de las motivaciones para que El entusiasmo: “Durante los años 70 se filmaron muchas películas de contenido político o social de marcado carácter antifranquista que se produjeron, exhibieron y distribuyeron al margen de la industria y de manera clandestina”. Herrero destaca grupos vinculados al PCE y al PSUC, como el Colectivo Cine de Madrid o el Grupo de Producción, pero también de lo que Herrero califica como una “guerrilla del celuloide que puso sus cámaras al servicio de la lucha contra la dictadura” por el Colectivo Cine de Clase de Helena Lumbreras y Mariano Lisa, la Central del Curt y la Cooperativa de Cinema Alternatiu, el Colectivo Penta, el grupo libertario de Paco Ríos e Isabel Huguet y trabajos de otros cineastas —y del colectivo pionero en el vídeo, Video Nou— que ven la luz por primera vez de forma conjunta en El entusiasmo.

 

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La psicodelia, el arte visual, el diseño gráfico, dio un salto cualitativo coincidiendo con el cambio de régimen.

 

 

 

Un final abrupto

La película, y esta corta historia de la esperanza de todo fuera posible, se detiene abruptamente en un punto que es posible localizar en la sala de fiestas Scala, de Barcelona, el día 15 de enero de 1978. Un punto de inflexión para la CNT y, más allá del sindicato, lo que desde entonces se ha considerado un hito de la historia de las cloacas del Estado. “El documental termina con Scala puesto que lo que yo quería contar en El Entusiasmo es la fase ascendente de la Transición en la que, ingenuamente o no, todo parecía posible”, resume Herrero. Si los Pactos de La Moncloa habían fulminado la posibilidad de autoorganización dentro de las fábricas y los centros de trabajo, Scala será un disparo ideológico y siniestro contra el vuelo que había iniciado el anarquismo. La oposición de CNT a los pactos “y su vertiginoso crecimiento” fueron las causas, para Luis E. Herrero, de que “alguien se pusiera nervioso, se inquietase, con el papel que el sindicato podía jugar en ese momento”.

 

Así, Scala, tuvo tres vertientes, según Herrero: asociar mediáticamente y públicamente a CNT con el terrorismo, tuvo como consecuencia el incremento de las tensiones dentro del sindicato, que aflorarían a lo largo del año 78, y finalmente, costó cuatro vidas, de afiliados a CNT, y años de cárcel para personas inocentes.

 

Todavía lejos de los niveles de afiliación y movilización obrera del sindicato mayoritario y el partido comunista, la organización anarcosindicalista había multiplicado en unos pocos años su militancia hasta llegar a integrar a 700.000 personas. Pero no estaban invitados a la fiesta del cambio de régimen. "A los libertarios se les impidió poder ser parte en ese proceso tan rico y complejo que fue la Transición y creo qeutenían el mismo derecho que cualquier otro actor del momento", sintetiza el director de El Entusiasmo.

La historia de la transición no destinaba tampoco buenas noticias al Partido Comunista de España. La organización hegemónica del momento tampoco iba a capitalizar sus renuncias y movimientos tácticos. El sistema salido del 78 y consolidado definitivamente tras el golpe de estado de 1981 y la victoria del PSOE de Felipe González de 1982 no iba a ser condescendiente con los moderados e iba a aislar políticamente a los más audaces. El entusiasmo que había recorrido pueblos y ciudades, tajos y poblados, se iba a apagar solo momentáneamente. A la espera del siguiente momento de resplandor. Dicen, quienes militan hoy en la CNT, que tras una larga travesía en el desierto, hoy se empieza a sentir el mismo viento que anuncia un nuevo verano.