Melchor Rodríguez. El matador sevillano que salvaba vidas.

El 13 de abril de 1938, se enterró en el Madrid republicano, sitiado por las tropas de Franco desde noviembre de 1936, a Serafín Álvarez Quintero. Era Semana Santa, miércoles, y el entierro llevaba cruz alzada y crucifijo, pero no por ser santa la semana, sino porque el anarquista sevillano Melchor Rodríguez así lo había prometido a Joaquín, cuando éste le transmitió el ruego de su hermano moribundo. Melchor fue muy amigo de los comediógrafos de Utrera ; ahora tengo delante una foto en la que está entre ellos dos y les echa los brazos por encima del hombro. Es un gesto a la vez amistoso y protector. Nadie como Melchor podía hacerlo.


¿Cómo estaba la situación en Madrid ? Acudo al testimonio de un hombre veraz, Julián Maríás que creyó « que se podía estar de buena fe de un lado o de otro, con tal de que se estuviera, en primer lugar, contra la guerra. ’Dentro’ de ella, podía haber motivos para una u otra opción. La mía fue a favor de la República, en primer lugar porque la ruptura de la concordia no había procedido de ella, porque los agresores habían sido los sublevados. Sí, se dirá, pero con motivos. Ciertamente, pero no suficientes, no como para hacer una guerra. A favor de la República, pero de una manera crítica, con enérgicas restricciones, con inmensa repugnancia a mucho de lo que se hacía en su nombre ; y con la evidencia de que al otro lado de las trincheras se hacían cosas equivalentes ».

Sigo con el testimonio de Marías, que pasó toda la guerra en aquel Madrid y allí la acabó, al lado de Besteiro : « Madrid estaba en poder de la violencia. Empezaron los registros, las detenciones, los ’paseos’, es decir, los asesinatos de personas a quienes se llevaba a un lugar apartado y se mataba sin más. La inseguridad fue total ». Esa inseguridad aumentaba cuando la aviación franquista bombardeaba las ciudades y mataba a civiles, mujeres y niños. Había entonces gente que intentaba, y en ocasiones conseguía, asaltar las cárceles para asesinar a los detenidos, sospechosos ellos de pertenecer a la llamada quinta columna de la que alardeaba el general Mola… Y seguimos con el recuerdo : « Después las cosas mejoraron mucho ; no terminaron las persecuciones, detenciones, en ocasiones muertes, con juicio o sin él, pero en una escala mucho menor y de manera menos irracional y arbitraria ».

¿Qué había ocurrido ? Acudo ahora al testimonio de Ricardo de la Cierva en su « Historia esencial de la Guerra Civil Española » : « Después de la última matanza de Madrid, que tiene lugar el 3 de diciembre [se refiere a 1936], un anarquista, Melchor Rodríguez García, nombrado delegado especial de prisiones para Madrid y su comarca, se impone con varios actos de valor e impide, de momento la ejecución de los 1.532 presos de la cárcel de Alcalá de Henares »

¿Quién era este Melchor ? Un sevillano de 1893, que sale en el Cossío porque fue torero.

De familia pobre, pronto huérfano de padre, obrero muerto en accidente en los muelles del Guadalquivir. La madre, cigarrera y costurera, tenía que sacar adelante a tres hijos. Melchor se hace calderero y luego torero, hasta que una cogida lo retira de los ruedos y vuelve a ser chapista en Madrid. Y anarquista. Tenía el carnet número tres de la Agrupación Anarquista de la Región Centro, y fue presidente del Sindicato de Carroceros. El también anarquista Eduardo de Guzmán recuerda como, en el primer año de la República, Melchor llamó al ministro Miguel Maura « Maura, el de los 108 », porque esos habían sido los trabajadores muertos durante su mandato, por cierto, más de la mitad en Andalucía, y la mayoría de estos en Sevilla.

Juan Antonio Pérez Mateos cuenta que cuando el anarcosindicalista Juan García Oliver, ministro de Justicia, nombra a Melchor García para su cargo en Prisiones, éste tenía ya « una larga experiencia en la materia », dice que presumía de « haber estado en las cárceles con todos los gobiernos : había formado parte de los comités pro presos de la CNT ». Y, por todo eso, « conocía a los funcionarios de prisiones, y andaba por la galería de presos políticos de la Modelo como por su propia casa ». Con la diferencia, que señala Pérez Mateos, de que ahora no era para ayudar a los suyos, sino a los enemigos.

Pero eso no influyó en su actitud. Cuando pedía comida para los presos, le dijo un alto gerifalte de la Junta de Defensa de Madrid : « No sé por qué te preocupas tanto de los presos fascistas ». Y el impulsivo sevillano, encolerizado, le replicó : « Me preocupo de ellos porque es mi obligación. Si hay que fusilarlos o no, eso es cosa de los tribunales. Son hombres y hay que darles de comer. En cuanto a las ideologías, yo las respeto todas ».

A él no lo respetaron tanto. Y en su defensa de los presos antirrepublicanos expuso su vida más de una vez pistola en mano ; y otras con su palabra convincente. Recoge Pérez Mateos una carta a Melchor de Fernández Moreno, director en aquel momento de la prisión alcalaína, que recuerda como, tras la muerte de siete personas y otras cuarenta y cinco heridas por un bombardeo, « el pueblo se levantó en ira ; creció la ola de venganza y alguien dio la voz ’A la prisión, a no dejar un solo preso con vida’ ». Ya no podían contener a la muchedumbre que quería irrumpir en la prisión. hasta que llegó Melchor y -cuenta el director de la cárcel- « hizo uso de la palabra, protestando, recriminando, con una valentía, con una claridad meridiana, poniendo en las palabras un acento de amor hacía el caído, que emocionó a todos de tal forma que los que le escucharon desistieron de sus pretensiones »…De momento…

Luego vinieron más. Melchor llegó a tener muchos fusiles apuntando ha cia él, y a todos consiguió convencerlos. Fue por entonces que se produjo « la llegada inoportuna de una camioneta con veintitantos detenidos, a quienes pretendían linchar a la entrada de la prisión, cosa bárbara que usted impidió en persona parapetando ’ el vehículo con su propio cuerpo y a pecho descubierto desafiando la muerte ». En fin, que por algo le llamaron, desde el otro lado de la trinchera, « el Ángel Rojo », pues salvó esas vidas de Alcalá y miles más. Por ejemplo : Muñoz Grandes, Fernández Cuesta, Javier Martín Artajo..

Era alcalde de Madrid cuando acabó la guerra, con Besteiro, que también ayudó a tanta gente. Esto cuenta Marías : « Temo que casi nadie movió un solo dedo en su ayuda cuando hubiera sido menester ». Y esto cuenta Eduardo de Guzmán de Melchor Rodríguez -« con su abnegada y generosa actuación, no tiene equivalente en la zona contraría »- : « el llamado ’Ángel Rojo’ por la propaganda adversaria, verá recompensados sus desvelos a favor de presos y perseguidos con una larga serie de detenciones, juicios y condenas ». Y añade Dolores Ibárruri : « Por los agentes de la Junta, especialmente por Melchor Rodríguez, el director anarquista de Prisiones, fueron entregados a Franco decenas de comunistas hechos prisioneros en los días de la Junta ». Eso fue cuando el golpe del coronel Casado ; pero señalemos que Melchor ya no estaba a cargo de las cárceles, sino de los cementerios, y en todo trabajó con tesón ejemplar.

Cuando ya en los años cuarenta pudo salir de la cárcel, fue empleado en una compañía de seguros, y vivía con su antiguo compañero de capeas, el banderillero Castillito, y la esposa de éste, en un modesto piso de la madrileña calle de la Libertad. Allí murió, y dicen que nunca pidió ayudas a nadie ni de nadie las admitió y cuando se reunía a comer con alguien nunca dejó que le invitaran.

Murió el 14 de febrero de 1972. Y cuentan que en su entierro alguien rezó -Melchor negó ser cristiano siempre, incluso ante los diversos tribunales que lo condenaron- y también que hubo algunos de los presentes que cantaron A las barricadas… No lo sé, porque yo no estuve. Pero si fue así -el canto, digo- sería en voz baja. No era aquel, precisamente, tiempo de canciones.

Por Victor Marquez Reviriego
El Mundo. Andalucía. 10 Noviembre 2007

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