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MEMORIA LIBERTARIA
Artículos sobre el centenario del Anarcosindicalismo
Carlos Taibo y José Luis Ledesma




LA CNT CUMPLE 100 AÑOS

Carlos Taibo

En estos días en los que se celebra el centenario de la fundación de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) se han hecho frecuentes, en los circuitos de poder mediático, los ejercicios de desmitificación de lo que fue entre nosotros el movimiento libertario. Aunque desmitificar siempre es saludable, hacerlo con un objeto que antes fue premeditadamente dejado en el olvido constituye una operación llamativa, tanto más cuanto que sus responsables no muestran gran interés en liberarse de los lugares comunes demonizatorios que ellos mismos forjaron o, en su caso, heredaron. Al calor de esta ceremonia de la confusión han reaparecido, por cierto, algunos hábitos que abrazó la burguesía republicana tres cuartos de siglo atrás, en la forma de un intelectualismo que bebe del desprecio y de un paternalismo conmiserativo aplicados sobre quienes entonces como ahora son los invisibles.

Nuestros libertarios tuvieron, claro, sus defectos. Si entre ellos operó a menudo una vanguardia alejada de una base apática, la falta de planes serios sobre el futuro y las contradicciones en lo que atañe a la participación en el juego político se sumaron con frecuencia a una estéril y violenta gimnasia revolucionaria. Nada de lo dicho invita a soslayar, sin embargo, los enormes méritos de un movimiento que dignificó a la clase obrera, desplegó un igualitarismo modélico en provecho de los más castigados, creció sin liberados ni burocracias, aportó eficaces instrumentos de resistencia y presión, desarrolló activas redes en forma de granjas, talleres y cooperativas, promovió audaces iniciativas educativas y culturales, y mostró, en fin, en condiciones infames, una formidable capacidad de movilización (compárese con la de los alicaídos sindicatos de hoy). La CNT fue, por añadidura, un agente vital para frenar, en julio de 1936, el alzamiento faccioso, protagonizó al poco en lugar prominente una experiencia, la de las colectivizaciones, que bueno sería llegase a conocimiento de nuestros jóvenes y padeció una represión salvaje por parte del régimen naciente. Cinco libros de recentísima publicación y recomendable lectura —¡Nosotros los anarquistas !” de Stuart Christie, Venjança de classe de Xavier Diez, Anarchism and the City de Chris Ealham (versión inglesa del libro publicado hace un lustro), Anarquistas de Dolors Marin y La revolución libertaria de Heleno Saña— recuperan ese mundo de ebullición societaria y lucha permanente.

Volvamos, con todo, a lo del discurso oficial biempensante, siempre vinculado con un lamentable ejercicio de presentismo : lo que ocurrió tiempo atrás se juzga sobre la base de los valores que, se supone, son hoy los nuestros. Nada más sencillo entonces que olvidar las condiciones extremas que, en lo laboral y en lo represivo, se hicieron valer en el decenio de 1930, como nada más fácil que homologar la violencia del sistema con la de quienes la padecían. Nada más razonable que dar por demostrado el talante reformista de la República —¿de trabajadores ?—, olvidando en paralelo la represión a la que se entregó, el incumplimiento sistemático de las leyes aprobadas y, tantas veces, la aceptación callada de muchas de las reglas del pasado. Desde la comodidad del presente nada más lógico, en fin, que oponer a sindicalistas buenos y anarquistas malos mientras se enuncian rotundas certezas en lo que se refiere a la condición venturosa de la participación de la CNT en el juego político tradicional, se estigmatiza como anacrónico y deleznable todo lo que oliese a revolución social y se convierte a los libertarios en responsables mayores de los problemas de la República. Lo que al cabo se nos cuenta es que nuestros anarquistas eran, en general, buena gente hasta que se decidían a llevar a la práctica sus ideas…

Lo del presentismo se asienta siempre, por lo demás, en una cabal aceptación de las presuntas bondades del orden que hoy disfrutamos. Desde esa atalaya puede entenderse que un historiador de prestigio, al que no le suena la palabra Scala, se permita afirmar que la CNT no levantó la cabeza luego de 1975 por su incapacidad para aceptar las reglas, al parecer sacrosantas, de la Transición. Si cada cual es libre de expresar sus opiniones, bueno será que guardemos las distancias con respecto a quienes ofrecen esas últimas como el producto granado de un agudo y científico trabajo tras el que se ocultan, sin embargo, prejuicios sin cuento y versiones tan interesadas como ideológicas de la historia.

El último de los estigmas del discurso oficial es la reiterada afirmación de que el anarquismo murió, entre nosotros, en 1939. Para desmentirla sobran los datos, y de muy diversa índole. Recordemos que el anarcosindicalismo sigue vivo y con presencia, por mucho que los medios de incomunicación prefieran seguir vinculándolo, sin más, con piquetes y violencias ; como si nada hubiera que decir, desde la izquierda, de las maquinarias de los sindicatos mayoritarios. La huella del pensamiento libertario se aprecia con facilidad, también, en movimientos sociales nuevos —el feminismo, el ecologismo, el pacifismo— y novísimos —el mundo de la antiglobalización o el del decrecimiento— muchas de cuyas estrategias de estas horas habían sido plenamente desarrolladas en el mundo anarquista ochenta años atrás. La urgencia, por otra parte, de dar réplica a la quiebra sin fondo de la socialdemocracia y del socialismo de cuartel ha vuelto a poner sobre la mesa palabras como autogestión, socialización y descentralización en provecho de sociedades no asentadas en la coacción ni en la búsqueda del beneficio, y recelosas del supuesto papel liberador de las tecnologías. Así los hechos, la afirmación, tan común en la prédica biempensante, de que el anarquismo es una ideología del pasado retrata bien a las claras en qué tiempo histórico vive quien la formula.

* Carlos Taibo es escritor, editor y profesor Titular de Ciencia Política y de la Administración en la Universidad Autónoma de Madrid

ANARQUISMO Y CNT

José Luis Ledesma

Tal día como hoy hace un siglo, el día de difuntos de 1910, nació uno de los grandes protagonistas colectivos del siglo XX español. El Congreso Obrero Nacional que se clausuraba esa tarde en Barcelona acordó constituir una federación de ámbito estatal, que habría de denominarse Confederación Nacional del Trabajo. La CNT. Aquel hito no era un parto ex nihilo. A ese congreso envió un mensaje de adhesión un casi septuagenario que arrastraba cuatro décadas de propaganda de “la Idea”, persecuciones e internacionalismo societatario : Anselmo Lorenzo. Entregaba así el testigo que portaba desde la famosa reunión de 1869 con Fanelli, el enviado de Bakunin, que pasa por ser el acta fundacional del anarquismo español.

Anarquismo ibérico y CNT no pueden confundirse sin más. Por un lado, el primero precedía en mucho a la segunda y no se limitaba a ella. Antes y después de 1910, el mundo libertario era un complejo conglomerado en el que, además de sociedades obreras y sindicatos, había otros muchos espacios, como ateneos y escuelas racionalistas, grupos de afinidad y falansterianos, comités de defensa y propresos, periódicos y editoriales, grupos naturistas y nudistas.

Pero al mismo tiempo, el anarquismo era menos que la CNT. Si bien en ella estaban casi todos los que eran anarquistas, no lo eran todos los que estaban. Entre los cientos de miles de militantes con que la CNT llegó a contar, la mayoría se afiliaba a ella porque su táctica de la acción directa y autodefensa obrera parecía más eficaz en los conflictos laborales, y se identificaban más con una mezcla de anarquismo difuso y tradición democrático-republicana que con las elucubraciones sobre el comunismo libertario.

Ni siquiera los dirigentes hablaban a una sola voz en clave ácrata. Es posible encontrar una tensión nunca resuelta entre, grosso modo, dos grandes corrientes. De una parte, un anarquismo más individualista y maximalista, que suele identificarse con la FAI, Los solidarios y la familia Montseny, que pretendía dar un contenido “netamente anarquista” a la CNT. Y de otra, uno societario, plasmado en el anarcosindicalismo, que pretendía consolidar las estructuras sindicales y preparar desde ellas la sociedad futura.

Nada de eso implica minimizar la trascendencia del fenómeno. Desde al menos 1917 hasta el final de la Guerra Civil, los anarquistas orientaron la central sindical más poderosa del país, cosa que no ocurrió en ningún otro, e hicieron de ella la organización de inspiración libertaria más importante del mundo. Los historiadores llevan mucho tiempo preguntándose el porqué de esta particularidad española. Se ha interpretado el anarquismo como una forma de rebeldía primitiva y como fruto del atraso socio-económico o se ha aludido a factores culturales e incluso religiosos.

Pero eso soslayaba que su principal foco de arraigo –el área de Barcelona– era la zona más industrializada del país. Su éxito fue probablemente el de un ideario y unas prácticas sindicales que se adaptaban bien al Estado ineficaz, represivo y poco integrador de la España de comienzos del siglo XX.

La misma heterogeneidad que lo fracturó de modo recurrente nutrió su arraigo y sus muchos rostros. Ahí está el menos amable, el de los arrojadores de bombas y “reyes de la pistola obrera”, o el de los milicianos justicieros de la Guerra Civil. Alguno de ellos debe de revolverse en su tumba cuando se entiende la memoria como una herencia a beneficio de inventario y se le engloba hoy entre los luchadores por la actual democracia. Pero no fueron los más. Junto a ellos aparecen otros muchos semblantes sin salpicaduras de sangre : los de individualistas bohemios y organizadores de sindicatos, sesudos escritores utópicos y campesinos sindicados, jóvenes libertarios y milicianas con mono azul. Y los de todos aquellos implicados en los ateneos, escuelas nocturnas y grupos a través de los que se creó una tupida red de ayuda mutua y sociabilidad alternativa a la burguesa y todo un proyecto pedagógico-cultural al margen de Estado.

Tal vez sea esa diaria labor de emancipación integral por la cultura, junto a la propia CNT, el mayor haber legado por el anarquismo español. También a principios de un noviembre, el de 1936, tuvo lugar un hecho sin parangón. Por vez primera en la historia mundial, los anarquistas entraban en un gobierno estatal. En plena Guerra Civil, dos anarquistas puros y dos anarcosindicalistas se incorporaron al gabinete de Largo Caballero. Otro y, para muchos, inicio del ocaso del anarquismo ibérico. La puntilla vendría con la derrota bélica.

Un movimiento tan importante no podía desaparecer de la noche a la mañana, y no lo hizo. Miles de cenetistas siguieron militando y nutrieron la guerrilla antifranquista, la Resistencia francesa, los sindicatos y los comités en la clandestinidad y el exilio. Pero nada volvería a ser lo que fue. El franquismo mandó al paredón a millares de libertarios y aplastó su vasto entramado asociativo. Y si bien pareció resurgir durante la Transición, la sociedad de consumo había laminado sus bases sociales y culturales. Hoy constituyen un movimiento minoritario que mira atrás con nostalgia.

Su historia es de doble derrota, porque son rememorados menos que otros. Pero no pocos de sus valores y demandas de emancipación individual y colectiva, política y social, cultural o sexual son aún retos pendientes recogidos por los nuevos movimientos sociales. Algunos incluso han acabado integrados en los actuales Estados de derecho. Ese es tal vez su legado un siglo después : solo eso, pero nada menos que eso.

José Luis Ledesma es historiador

 

 





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