Cuando Meirás era anarquista

29 Jul 2018

Público/Juan Oliver

En tierra de lucha campesina está el símbolo de poder franquista

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La aldea coruñesa que alberga el Pazo robado por Franco fue en los años 30 un ejemplo de la lucha

La localidad coruñesa de Meirás lleva décadas conviviendo con el estigma de ver su nombre indefectiblemente ligado a la etapa más negra de la historia reciente de España. Pero ochenta años antes de que Franco se hiciera con el Pazo y lo convirtiera en su residencia personal de verano y en el símbolo de su poder político y militar, la pequeña aldea del municipio de Sada, a unos quince kilómetros de A Coruña, representaba en Galicia todo lo contrario a la dictadura. Durante la década de los años 30, Meirás fue uno de los símbolos de la lucha agraria y del empoderamiento de las mujeres campesinas contra la explotación de la Iglesia, los oligarcas y los terratenientes.

Las tierras del Pazo de Meirás que los Franco expoliaron estuvieron en el epicentro de aquellas revueltas, que se iniciaron en 1933 cuando los herederos de Emilia Pardo Bazán, la primera propietaria del inmueble, vendieron algunas de las parcelas anexas al pazo que explotaban en arriendo desde hacía generaciones varias familias humildes de la zona.

Meirás era una zona pobre y atrasada, pero lejos de lo que se pueda pensar, aquellas campesinas y campesinos tenían conciencia de clase y estaban organizadas. La mayoría estaban afiliadas a asociaciones y organizaciones ligadas al Sindicato de Profesiones Varias, adscrito a la anarquista Confederación Nacional del Trabajo (CNT).

Las tierras ajenas que trabajaban eran el único sustento de dos de aquellas familias, que explotaban algo menos de una hectárea de aquellas parcelas por las que los nuevos dueños querían cobrarles el doble de renta. Se negaron a pagarles. Y la Guardia Civil intentó desalojarlas. Pero tuvo que enfrentarse a toda la aldea, que acudió en ayuda de los desahuciados.

La trama clientelar y corrupta que le permitió hacerse rico y legar a sus herederos una verdadera fortuna que hoy siguen disfrutando

Lo cuentan Carlos Babío y Manuel Pérez Lorenzo en MeirásUn pazo. Un caudillo. Un espolio, el libro que narra, a través de la mayor investigación historiográfica que se ha realizado hasta ahora sobre el tema, el proceso mediante el que Franco se hizo con el pazo y cómo lo convirtió en el centro de la trama clientelar y corrupta que le permitió hacerse rico y legar a sus herederos una verdadera fortuna que hoy siguen disfrutando. Los primeros capítulos están dedicados a explicar lo que era Meirás antes de que el dictador lo usurpara y etiquetara al pueblo durante decenios con su nombre y apellidos.

Aquella primera revuelta de abril de 1933 terminó con el procesamiento de medio centenar de campesinas y campesinos de Meirás y de otras aldeas de Sada. Incluida una niña de once años. Babío y Pérez Lorenzo destacan el relevante papel de las mujeres en aquella lucha, que prosiguió en los años siguientes y que incluyó actos como la resiembra de las tierras contra las órdenes de la Guardia Civil, burlando la vigilancia de los agentes o enfrentándose directamente con ellos, y la quema de las cosechas de las que se apropiaban los oligarcas con ayuda y mordida del cura de la parroquia. Como ejemplo, el contenido de un pasquín de la época que se conserva en al Archivo del Reino de Galicia y que Babío y Pérez Lorenzo recogen en su libro:

La ayuda que nos prestasteis, labriegos de la comarca, hace temblar hasta los huesos a nuestros explotadores todos. La decisión de nuestras valientes compañeros y sus pequeñuelos al labrar las tierras; la potente entereza de las mujeres de Meirás y Mondego al sembrarlas; la brutal acometida de los negros tricornios lanzándose a la carga sobre nuestras compañeras, todo esto servirá para estrechar más nuestras filas (...)

¡Mujeres trabajadoras, en guardia!. ¡El cura pretende quemar la iglesia para después arrancaros pesetas con que hacerla de nuevo! Nada de quemar iglesias, quemad a los curas ladrones. Colonos del cura de Meirás: ese cerdo con sotana os da el cielo a cambio de lo que os roba. Uníos a nosotros y no paguéis ni un céntimo más a ese ladrón”.

Poco después de la primera revuelta, en diciembre de 1933, se celebró la segunda vuelta de las elecciones generales a las Cortes republicanas, los primeros comicios de la historia de España en la que las mujeres pudieron votar. Ganaron los partidos conservadores, la República se derechizó y la situación en Meirás se agravó aún más. En 1935 el conflicto registró su primera víctima mortal: Francisco Babío Portela, sindicalista, abuelo de Carlos Babío. Lo detuvieron, lo encarcelaron sin juicio, lo torturaron y lo devolvieron moribundo a casa. Falleció pocos días después por las heridas que le infligieron.

Una vez comenzada la guerra, Meirás fue una de las comarcas gallegas que más sufrió la represión franquista. Y cuando Franco y su mujer, Carmen Polo, decidieron que el Pazo de Meirás tenía que ser suyo, los campesinos de la zona fueron incluidos en las listas de donantes obligados en la falsa cuestación popular para regalárselo. Y a quienes tenían fincas o casas en las lindes del pazo, los echaron de sus casas para ampliar la propiedad del dictador.

“Mi abuela fue víctima por partida doble. Primero asesinaron a su hombre, y luego le robaron la casa”, recuerda Carlos Babío. En la primavera de 1938, un grupo de falangistas ligados a la Junta Pro Pazo –la organización creada por las élites franquistas coruñesas para tramar y consumar el robo- la visitaron en su casa y le dieron 48 horas para abandonarla. Sus hijos, herederos del sindicalista asesinado y alistados a la fuerza en el bando golpista, recibieron la orden de volver a casa del frente para firmar, junto a su madre, los documentos por los que cedían la casa. Lo hicieron en la sede coruñesa del Banco Pastor, la entidad presidida por Pedro Barrié de la Maza, amigo de Franco, su testaferro y uno de los principales impulsores de la corrupta Junta Pro Pazo.

Josefa Portela tuvo que abandonar su casa y refugiarse con sus hijos –tenía otros dos, menores de edad- en la de un pariente de su marido. No recibieron nada a cambio hasta cuatro años después, cuando Barrié la convocó de nuevo en su despacho. Había que simular que el robo había sido en realidad una venta, y la obligó a firmar nuevos documentos que simulaban esa transacción. En los papeles dice que le pagaron 50.000 pesetas, pero ella sólo recibió 5.000.

Sus propiedades siguen hoy a nombre de la familia Franco

Como Josefa, varios otros vecinos de Meirás fueron víctimas de robos similares. Sus propiedades siguen hoy a nombre de la familia Franco. O de los nuevos propietarios a quienes éstos se las vendieron, obteniendo plusvalías millonarias mediante varios pelotazos urbanísticos para los que contaron con la ayuda del ex alcalde de Sada, Ramón Rodríguez Ares, del PP.

Ochenta años después, los herederos del dictador siguen siendo propietarios de del Pazo, que se mantiene, con todas sus tierras robadas, como el símbolo de la incapacidad de un país para saldar cuentas con la etapa más negra de su historia reciente. Y que, hasta que no sea devuelto al pueblo, sigue manchando el nombre de una aldea cuyas mujeres fueron un ejemplo de la lucha por la justicia social.