Mayo de 1937, la CNT cruza su Rubicón

9 Mayo 2017

Serhistorico.net/Luismi García

Artículo en Serhistorico.net de Luismi García analizando los hechos de mayo del 37 en su 80 aniversario

 

https://serhistorico.net/2017/01/22/mayo-de-1937-la-cnt-cruza-su-rubicon/

80 años contemplan hoy los lamentables hechos de mayo que acabaron por desmoronar la unidad antifranquista y más allá de insistir en los lugares comunes habría que incidir en el papel jugado por los líderes anarcosindicalistas durante esos días claves en lo que significó el fin de aquel sueño colectivo.

img-20170121-wa0013

No cabe desmentir ahora el tópico de la provocación estalinista, pero en esta historia hay mucha más tela que cortar; posturas doblemente ocultadas, primero por la ‘historia oficial’ al reducir lo ocurrido a la mera inconsciencia anarquista y luego por los mismos dirigentes cenetistas al ocultar el rol jugado en aquellos días.

Los comités revolucionarios claudicaron ante las fuerzas estatales y esto no fue más que otro síntoma del doble alma ácrata constatado por la escisión treintista poco antes.
La mayor parte de los historiadores ‘oficiales’ de los movimientos obreros y sociales del siglo XX obviaron estos hechos, empaquetándolos dentro del cajón de sastre de los múltiples microconflictos internos de la guerra o bien los simplificaron y ningunearon equiparando el episodio con alguno de los viejos pustch anarcosindicalistas previos.

Hacia el final de su mítico “Homenaje a Cataluña“, Orwell deja entrever las consecuencias de esos días que él vivió en primera persona, sin duda su novela abrió la veda pero la historiografía ‘oficial’ comienza con un trabajo de Manuel Cruells -por aquella época afiliado al nacionalista Estat Catalá– su obra “Mayo Sangriento” (1) hace un prolijo bosquejo sobre las múltiples ‘casualidades’ que desembocaron en el ataque a la Telefónica, analizado desde un punto de vista periodístico -que haría palidecer a muchos de sus colegas hoy- estamos quizá ante el primer ensayo serio sobre lo que significó el cruce del Rubicón ideológico para el mayor movimiento anarquista que ha existido. A pesar de pivotar sobre la idea simplificada y comúnmente extendida de que todo fue un movimiento de ajedrez dirigido desde Moscú contra el insoportable e insobornable poder de la CNT y los ‘renegados trotsquistas’ (sic) el libro pone sobre el tapete muchas cuestiones fundamentales para entender el ulterior desarrollo de los acontecimientos aportando los primeros datos y mapas de la lucha calle a calle, de los importantes números de los intervinientes y confirmando que la desproporción entre muertos y heridos indicaba que las víctimas lo habían sido no de un combate, sino de las persecuciones y razzias subsiguientes -no se suelen producir tal número de fallecidos en luchas de este tipo en que el enfrentamiento no es directo sino que se produce desde barricadas- es decir que los ‘asesinatos’ sumaron muchas más muertes que el conflicto propiamente dicho, como anécdota destacar su afirmación de que el conseller Artemí Aiguadé planeó durante la borrachera de la noche anterior “dar la batalla a los anarquistas” junto a militantes de la Esquerra y el PSUC.

Poco importa en realidad si esto es o no cierto, el caso es que el día 3 de mayo a las 3 de la tarde, el comisario general del Orden Público, Rodríguez Salas junto a un destacamento de uniformados se presentó con un documento de incautación -con la firma de Aiguadé– en el edificio de la Telefónica en poder y administración de la CNT/FAI desde las luchas de julio, hecho revestido posteriormente de ‘legalidad’ por un decreto de Lluis Companys, provocando la respuesta libertaria en lo que Orwell definió como “ese extraño y maravilloso espectáculo de las barricadas”

img-20170121-wa0009

García Oliver haciendo llamamientos a la unidad antifascista.

 

Las consecuencias de los ‘hechos’ no solo afectaron a los intereses de la causa militar; las calles de Barcelona se convirtieron en una trampa de fuego cruzado por unos días; los paqueos y las vendetas hicieron mella en el ánimo obrero; 218 muertos de los cuales 126 eran revolucionarios y casi 60 progubernamentales dan una idea aproximada de la crispación existente en la retaguardia leal, el resto, unos 36 fueron las hoy famosas “víctimas colaterales” (2), una salvaje matanza entre hermanos que muy poco antes se habían batido el cobre codo con codo contra los militares facciosos.

Los sucesos estuvieron muy cerca de alcanzar unas dimensiones críticas; destacamentos confederales y poumistas amagaron con enviar contingentes a Barcelona cuyas consecuencias hubieran desembocado en una auténtica meta-revolución que pudo extenderse como la pólvora. Según Peirats (3) la columna Roja y Negra así como la 26 división del POUM frenaron los movimientos de los elementos estalinistas de Lleida, pero con todo los hechos se repetían en Tarragona, Tortosa o Vic donde se produjeron asaltos a las sedes de la CNT cuyos militantes huyeron ante la imposibilidad de defensa. Al tiempo que la calle era un enorme polvorín con continuos y desasosegantes intercambios de disparos, en la sede de la Generalitat los líderes de la CNT protegidos por los cañones de Montjuïc (4) trataban de revestir de lenguaje revolucionario su aquiescencia con el poder, las intervenciones de los ministros anarquistas García Oliver -se contaba que algunos militantes dispararon su ‘Star’ al aparato de radio al oír las palabras del ministro- o Federica Montseny con sus llamadas a la unidad (5) a la calma y al abandono de la lucha, sumadas las posiciones visceralmente opuestas al espíritu del 19 de julio de los intelectuales ‘orgánicos’ del sindicato como Abad de Santillán, Miró o Horacio M. Prieto fueron causa de el primer gran cisma en el alma libertaria, eso si damos por sentada la aceptación de buen grado por parte de la militancia de que cuatro ácratas de renombre ocupasen cargos burocráticos en el gobierno, cosa harto discutible.

La falta de reorganización social pasada la efervescencia popular de los días 19, 20 y 21 de julio llevó a una CNT dueña absoluta de la calle a una ‘alianza’ con el mismo Estado que semanas antes pretendía derribar, tampoco se encargó de prever -como era habitual- un plan de autodefensa contra los posibles ataques estatales, muy al contrario los ministros cenetistas trataron de jugar a dos bandas al “posibilismo circunstancionalista”, un error fatal que marcaría el comienzo del fin de la utopía.

 

img-20170121-wa0012
img-20170121-wa0011

En cambio fueron las bases, acaudilladas por Jaume Balius y la agrupación Los Amigos de Durruti (6) quienes se encargaron de dar activamente la batalla contra la deriva pequeñoburguesa haciendo causa común con los poumistas, ya en la diana esquizoide de los estalinistas. Su órgano, El Amigo del pueblo -en homenaje a Marat– se convirtió en la auténtica voz de la rebeldía en las calles; con eslogans como “No desmontéis las barricadas!“, “Atentos, trabajadores. ¡Ni un paso atrás!” con que abrían su primer número impelían al pueblo a continuar la lucha, e incluso comparaban la situación política del momento con la petición “a grito pelado de la prohibición de los ‘clubes’ en la Francia revolucionaria o los soviets en la URSS” (7) La censura y ensañamientos ejercida desde la CNT -en una posición claramente reaccionista- hacia las proclamas de Los Amigos de Durruti sólo consiguió extender el desánimo y la incomprensión popular tras estas nuevas barricadas, hechas del verdadero material con el que se hacían los sueños proletarios en los ‘barris’, desmantelarlas significaría para los obreros una cesión y en tales circunstancias casi una rendición.

 

Aunque todo esto se quedó en agua de borrajas comparado con la brutal e implacable campaña iniciada por el PCE y PSUC contra los ‘trostquistas’ del POUM -ya que un enfrentamiento directo con los anarcosindicalistas hubiese sido su suicidio político e incluso una guerra civil dentro de la guerra -dadas las gigantescas dimensiones de la central catalana; como bien indica Peirats: “la campaña de difamación se cebó contra un sector político débil sincronizada con ataques a la poderosa CNT, a la cual se trataba de socavar antes de pensar en mayores empresas” (8).

Desde su vocero El Treball los adjetivos “anarcofascista” o “trotskofascista” se convirtieron en la tónica durante las semanas que siguieron a los hechos, creando un estado de crisis social al que nada ayudaron las consignas lanzadas desde la cúpula confederal. El paroxismo llegaría con la edición de “Espionaje en España”, un insultante libelo perpetrado por el estalinista francés Georges Soria bajo el pseudónimo de Max Rieger que se coronaba con un prólogo deleznable de José Bergamín, el perfecto ejemplar de la nueva base social comunista: un católico de misa diaria metido a Torquemada por mor de la persistente labor de seducción soviética. El libro llegó a usarse como prueba de cargo en el inmisericorde proceso al POUM que acabaría con el partido revolucionario, primero apartándolo de todos los puestos de poder político y militar y luego con su eliminación física; su líder, el excenetista Andreu Nin, fue secuestrado, salvajemente torturado y asesinado, posiblemente en la residencia del piloto Hidalgo de Cisneros (9) que en sus memorias cataloga los sucesos como “otra sinrazón más de los anarquistas” (10) parecido destino sufrió el anarquista italiano Camilo Berneri y su compañero Francesco Barbieri que desde las páginas de su periódico “La guerra di classe” criticaban sin ambages la actuación de los dirigentes anarcosindicalistas y otro tanto sucedía con Domingo Ascaso y tantos otros militantes anónimos.

img-20170121-wa0007

Andreu Nin, de quien los estalinistas se preguntaban si estaba en “Salamanca o en Berlín”… Una forma evidente de hipocresía y desprecio al adversario político.

Es indudable que desde los primeros días de aquel verano rojo se fraguaba una conjura entre estalinistas, socialistas y republicanos para tratar de desestabilizar la Revolución libertaria y poder medrar los primeros con falacias allí donde no pudieron hacerlo con ideas, basta con echar un vistazo a los eslóganes del partido previos al 19 de julio -“Todo el poder para los soviets” o “Abajo la República burguesa“- con la encendida defensa de la propiedad privada y de una República ‘del orden’ que se convirtieron en santo y seña de los comunistas españoles, aunque no es menos cierto que el discurso de los líderes anarquistas ocultaba -y esto no ha de ser obviado- una connivencia contrarrevolucionaria y encubierta. 

A pesar de la profusa eclosión de las memorias libertarias en los albores de la década de los setenta pocos son los que reconocieron su parte de culpa, los errores cometidos o cuando menos la dejadez política que contribuyó sobremanera al fracaso revolucionario, por el contrario, muchos aprovecharon esa inédita palestra para lanzarse mutuas acusaciones y desenterrar la caja de los truenos confederal.

Tal vez esos errores de bulto se deban más al comportamiento español, tan sui generis, una mezcla de un ‘laissez faire’ libertario fácilmente comprensible ante la crepitante situación que se dio en el 36 y el anarcooptimismo con que los ideólogos libertarios alimentaban -quizá de un modo un tanto infantil- el ideario del proletariado español, utopías validantes de un comunismo libertario que daba la impresión de que se implantaría automáticamente, como por ensalmo. Así frente a los enormes cambios sociales que se produjeron en las calles, el 21 de julio la cúpula de la CNT decidiendo el destino de la Revolución, planteaba una ‘inteligencia’ con el poder republicano que hallaba con ello un asidero ideal en medio de su propio desmoronamiento (6).

img-20170121-wa0010

Años después, desde la cúpula de CNT/MLE del exilio en la inmovilista rue Belfort aún se seguiría en la misma involución; acusando de todos los males posibles al comunismo, de poner fin a la Revolución sin ser capaces de un mínimo de autocrítica o reconocer un ápice de su parte de culpa en aquella trágica derrota. Pasado el tiempo ignominioso de eclipsación por la postguerra ya hay datos y documentos suficientes como para observar el alcance de los sucesos y la magnitud que pudieron llegar a alcanzar. La difuminada matanza de la Fatarella -punto de inflexión en la historia de las patrullas de control- y las intermitentes pero inexorables ejecuciones de Sesé, Cortada o ‘El cojo de Málaga‘ y sus consiguientes respuestas armadas eran signos evidentes de que, en la retaguardia, las luchas intestinas entre ese poco homogéneo grupo llamado Frente Popular, se estaban trasformando en una fisura por la que podría perderse la guerra y la Revolución a velocidad de vértigo. La irresistible ascensión del partido comunista con sus consignas a favor de una República del orden culminó cuando Palmiro Toggliatti, al mando de la Comintern en España, aprovechó la caída del gobierno de Largo Caballero para introducir sin tapujos ya a la NKVD (Policía política rusa) en todos los planos sociales, luego vendrían Líster y su ‘saneamiento’ de la retaguardia, la consiguiente caída del Consejo de Aragón y el desmantelamiento de las colectividades, que aunque es parte de esta historia ya es otra… en ésta concluimos con el mal sabor de boca que la mella de la experiencia burocracia por la pervivencia posibilista dejó en el alma de los trabajadores. Por aquellos días Barcelona dejaba de ser la rosa de fuego que asombró al proletariado mundial para convirtirse en un nido de corruptelas, persecuciones y espionaje al más puro estilo hollywoodiense.