Gómez, Raimundo

27 Mar 2014

 

 

Javier Zapata

Ayer, en el cementerio de Collserola de Barcelona, unas quince personas del entorno libertario barcelonés acudimos a dar nuestro último adiós a Raimundo Gómez Pérez, el Papi. Los allí presentes, en ausencia de cualquier miembro de su familia, decidimos hacerle un sepelio sui generis, sin curas ni solemnes parlamentos. Compartimos unas cañitas con Papi, echamos unas risas, le leímos unos poemas, y estuvimos recordándolo con alegría para finalmente acompañarle a su última morada. No sabemos su edad ni nos importa, porque a él tampoco le importó nunca, pero ya había sobrepasado los ochenta años. Cartagenero de pro (si querías picarlo de veras solo tenias que llamarle “murciano”), el barrio chino de Barcelona y El Prat de Llobregat fueron su entorno más habitual y donde la mayoría lo conocimos. Personalmente lo conocí en la ya mítica pizzería Rivolta en 1981. Allí también coincidía con el recordado compañero Eladio Villanueva, durante el tiempo que este tuvo responsabilidades en la FL de Barcelona, entonces de la CNT. (Eladio, siempre que nos veíamos en Barcelona nos preguntaba, ¿por donde anda el Papi ?).

Con él se nos ha ido, como a él le gustaba definirse, un aprendiz de anarquista. De Papi no podemos reseñar escritos importantes, ni destacar su militancia en alguna de las organizaciones libertarias y anarcosindicalistas, ni esas cosas que habitualmente destacamos de muchos compañero/as que nos van dejando por la inexorable ley del tiempo y de la vida. Su frase mas celebrada por los que lo hemos conocido encabeza este escrito ; “salut y un poquito de anarquía…”. Pero en Papi había mucha anarquía, un espíritu libertario irredento y una coherencia absoluta entre su pensamiento y su modo de vida. Una curiosa personalidad, con sus rarezas y sus costumbres peculiares, llena de alegría a veces, siempre llena de rabia ante cualquier injusticia, siempre difundiendo el pensamiento anarquista. Okupa de los de primera hora, antimilitarista, solidario, generoso, guapo entre los guapos (todos éramos guapos para él, pero no más que él) y novio de todas las mujeres que en el mundo han sido (“todas son mis novias”). Podríamos escribir un sinfín de anécdotas, algunas más o menos ciertas, que tuvieron a Papi como protagonista, como una en la que se cuenta el día en que tras cobrar una indemnización de una empresa que lo despidió se dedicó a repartir la misma entre todos los pobres que se le cruzaban por la Rambla en una sola tarde. Pero Papi era el día a día ; muchos tenemos un libro que nos regaló y nos dedicó, una foto suya, una frase suelta en un papel, una canción acompañado de esa guitarra que nunca le vimos tocar y que ofrecía a quien supiera hacerlo ; y siempre preocupado porque los jóvenes entendiéramos el anarquismo como un modo de vida ; no como un objetivo sino como algo a encarnar a diario, a realizar poco a poco, y siempre con el ejemplo personal por delante.

Papi se ha subido ya a ese barco que siempre nos pintaba, su barco con la A al viento. En la tumba que guarda sus restos pusimos su nombre y pintamos su barco. Ahora navega no sabemos donde, pero si sabemos que lo hace como siempre, como el aprendiz de anarquista que siempre quiso ser.

Que la tierra te sea leve, compañero.

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