El anarquista melancólico

11 Mayo 2007
El 4 de noviembre de 1954 Stig Dagerman se encerró en el gara¬je de su casa de Enebyberg, puso en marcha el motor de su coche y se recostó a esperar la muerte. Tenía treinta y un años y era la joven estrella de las letras escandinavas. O al menos lo había sido : entre 1944 y 1949 escribió cuatro novelas, cuatro obras de teatro, un libro de relatos, un repor¬taje sobre la Alemania de posguerra y cien¬tos de artículos, crónicas y poemas.

Esos cinco años de escritura brillante y compulsiva (hubo noches en las que completaba cerca de sesenta cuartillas) le bastaron para alcanzar el éxito. Fue declarado el heredero de Strindberg y la crítica le emparentó con Kafka y Faulkner. En 1950 sus nervios ya estaban hechos trizas. Era incapaz de terminar los proyectos que iniciaba, pasaba las noches conduciendo por carreteras solitarias y su vida junto a su segunda mujer la actriz Anita Björk, se asemejaba a un sangriento melo¬drama. “La depresión es una muñeca rusa”, escribió entonces, “y en la séptima muñeca hay un cuchillo, una hoja de afeitar, un vene¬no, unas aguas profundas y un salto al vacío”. Con su habitual mezcla de audacia y buen gusto, la editorial Pepitas de Calabaza res-cata el que se considera testa¬mento literario de Dagerman, un breve texto titulado “Nues¬tra necesidad de consuelo es insaciable”. Se trata de uno de los pocos trabajos a los que el autor sueco consiguió dar for¬ma en sus últimos años de vida : un ensayo sobre la angustia que nos hace pensar en un Cioran que desconfiase de los true¬nos y las metáforas, o quizá en un Camus al que le hubiesen desconectado la reverberación del micrófono.

Además de cómo un sereno adiós a la vida, estas páginas pueden entenderse como una síntesis del pensamiento de su autor. En el corazón de la obra de Dagerman palpita un negrísimo átomo de opresión. Su. Gran tema es la imposibilidad del ser humano para ser feliz en las sociedades modernas. “Para mi, un tipo de libertad se ha perdido para siempre o por un largo tiempo : la libertad que procede de la capaci¬dad de dominar su propio elemento”. Dager¬man piensa en Thoreau y en su bosque de Walden. “¿Dónde se encuentra ahora el bos¬que en el que el ser humano pueda probar que es posible vivir en libertad fuera de las formas congeladas de la sociedad ?”. Esa insatisfacción, que quizá en un carác¬ter meridional hubiese generado el enésimo existencialista ‘malgre lui’, orientó a Dager¬man hacia el anarquismo. Desde muy joven frecuentó círculos libertarios y comenzó a publicar en revistas como “Storm” o “Arbeta¬ren”. El volumen de Pepitas de Calabaza inclu¬ye a modo de anexo algunos textos que arro¬jan luz sobre su relación con el anarcosindi¬calismo. Para el lector español, el más curioso es una semblanza de Dagerman firmada en 1954 por su amiga Federica Montseny, en la que, entre exclamaciones maternales y chis¬morreos románticos, aparece algún párrafo revelador : « La literatura tradujo un estado de ánimo, una crisis profunda : demasiado joven para saber esperar ; demasiado absoluto en sus sentimientos y pensamientos, Stig fue de los que no pudiendo creer en Todo, no pudieron creer en Nada ».

Dagerman fue un raro ejemplar político : un anarquista antirromántico. Demasiado inteligente para dejarse llevar por la propa¬ganda, puso a prueba los clichés del pensa¬miento de su época, o dicho con sus palabras, cruzó « el bosque de convenciones que todo poeta debe atravesar ». En 1946, con los cam¬pos de Europa todavía humeantes, arreme¬te contra Adam Smith, contra Churchill y contra el Papa, pero también contra Marx y Stalin. Casado en primeras nupcias con una hija de emigrantes españoles, su visión de la Guerra Civil recuerda en algo a Orwell. “En España, entre 1936 y 1939, el anarquista era considerado tan peligroso para la sociedad que se le disparaba desde ambos lados, no estuvo expuesto solamente, de frente, a los fusiles alemanes e italianos sino también, por la espalda, a las balas rusas de sus ‘alia¬dos comunistas »

Aunque se trate de un ejercicio melancó¬lico, es difícil no fantasear con qué habría sido capaz de hacer Dagerman sino hubiese decidido poner fin a su vida tan pronto. En pocos escritores se da la combinación de sensibilidad exacerbada y capacidad de análisis que encon¬tramos en él. Como cualquier gran escritor, el autor sueco es, ante todo, un punto de vista, pero se diría que él es algo más : un temperamento, una peculiar energía que amalgama valores aparentemente antagónicos como la fragilidad y el arrojo, el genio y la humildad, la pasión y la inteligencia.

Stig Dagerman era delgado, tímido y nervioso. Pensaba que la vida era un ‘viaje imprevisi¬ble entre dos lugares inexisten¬tes’ y que el peor de los males era ‘tener miedo de los hombres y escribir por dinero’. Al comienzo de “Nuestra necesidad de consuelo es insaciable” encon¬tramos un párrafo que, desde su publicación, aparece ligado a su posteridad : “No me ha sido dado en herencia ni un dios ni un punto firme en la tierra desde el cual poder llamar la atención de dios ni he here¬dado tampoco el furor disimulado del escéptico, ni la astucia del racionalista, ni el ardiente candor del ateo. Por eso no me atrevo a tirar la piedra a quien creé en cosas que yo dudo, ni a quien idolatra la duda como si ésta no estuviera rodeada de tinieblas. Esta piedra me alcanzaría a mi mismo ya que de una cosa estoy convencido : la necesidad de consuelo que tiene el ser humano es insa¬ciable”.

Unos años antes en uno de sus relatos más conocidos, Dagerman soñaba su propio epi¬tafio : « Aquí descansa un escritor sueco, calido por nada, su crimen fue la inocencia, olvi¬dadle pronto ». Ese relato, como gran parte de su obra, permanece aún inédito en español. Quienes descubran ahora el encanto de este anarquista atormentado y brillante entenderán por qué ése es un lujo que no podemos permitirnos.

Reportero en Alemania

En 1946 Stig Dagerman viajó a Alemania como corresponsal del periódico sueco ‘Expressen’. Ya había publicado sus dos novelas más importantes ‘La serpiente’ y ‘La isla de los condenados’ y su firma tenía el prestigio suficiente para atraer la atención de un buen número de lectores.

La guerra había terminado cuatro años antes y el joven escritor aterrizó en un país en ruinas, un gran « cemen¬terio bombardeado ». Alguien le reco¬mendó que, para hacerse una idea de la situación, leyese los periódicos alema¬nes. Él prefirió pisar la calle y observar. Estuvo en Berlin, Múnich, Stuttgart y Hamburgo, se entrevistó con antiguos soldados nazis, con refugiados y super¬vivientes de los campos de concentración, asistió a juicios de desnazificación, bajó a los sótanos donde malvivían familias en condiciones miserables, viajó en trenes en “más lentos que la muerte » y vio cómo se establecían las redes del mercado negro. Su conclusión fue sencilla y comprometedora : los alemanes no eran “un bloque soldado que irradie heladas emanaciones de nazismo”, sino « una multitud variopinta de individuos hambrientos y temblorosos de frío”.

La guerra no es un asunto sencillo y tampoco lo es le victoria. Las potencias aliadas no hacen demasiado por la población civil y los alemanes de a pie acumulan rencor hacia los vencedores. ‘Otoño alemán’ (Octaedro) es el libro que recoge estas crónicas de la posgue¬rra alemana. Se trata de un ejemplo de buen periodismo y alta literatura, valga la aproximada redundancia. Leyén¬dolo, uno siente ese suave estremeci¬miento físico que nos indica que esta¬mos ante una obra maestra. Es sin duda uno de los mejores reportajes escritos el siglo pasado. Por eso, el nombre de su autor merece ser pronunciado entre los de los maestros del género en la compañía de Albert Londres y Hemingway, junto a Orwell, Michael Herr y Kapuscinsky

PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

 

P.-S. PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

 

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